Me desperté con sal en los ojos.
El mar se ha trasladado a mis pupilas.
Ese lugar que me hace tan feliz...
Con tu partida lo has traido a mi,
para que me acompañe en mi soledad,
para que sane mi herida.
¡Hasta en eso pensaste!
Me diste el mar como un último regalo,
y en él se refleja tu mágica luna
y junto a ella miles de estrellas,
que entrelazadas forjan un mapa
que me enseña como llegar a vos.
¡Que tan perdida estoy sin ti!
Y tengo un agujero tan grande en el alma
que ni aún ese inmenso mar que brota lo puede llenar.
Ni los susurros del viento,
ni los dulces aromas de la arena,
nada logra apaciguar mi dolor.
Veo las hojas caer de los tantos árboles que sembramos juntos,
nuestras manos llenas de tierra, fértiles, vivas...
las miles de historias que leímos antes de dormir,
el desfile de notas musicales inspiradoras que te hacían brillar los ojos.
Sí, Roble mío, es un gran hoyo el que dejaste...
y ya jamás podré ver el atardecer desde tus ramas.